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sábado, 16 de febrero de 2013

Cuando dejas que un país se meta en tu vida


de: Zulma Sierra

Yo no sabía lo que era migrar hasta que viajé a España. De hecho, no supe que era una “inmigrante”, hasta varios años después de instalarme en España.  Cuando llegué, me miraba en el  espejo y me reconocía como profesional, como estudiante colombiana de máster, como turista, pero nunca como inmigrante.
El término me empezó a sonar familiar cuando tuve que hacer larguísimas colas a altas horas de la mañana para sacar una tarjeta que me daba derecho a circular con “permiso de estancia como estudiante”. En la cola compartí horas con trabajadores y con familias de diferentes países y entendí que mi diploma no me convertía en un ser superior.
Luego, cuando ese mismo diploma terminó valiendo nada ante los ojos de posibles empleadores, mi desconcierto se transformó en reivindicación. Comprendí que muchos, como yo, terminaban guardando sus profesiones en la maleta y se ganaban la vida honradamente, pero trabajando “de lo que fuera”, y entendí que éramos muchos, de diferentes condiciones, edades y oficios con una sola etiqueta en la cara: inmigrantes.
A todos nos metían en el mismo saco, sin importar nuestro país de origen. Inmigrantes latinos, decían, o para resumir mejor y más rápido: latinos en España.
En ese momento me reconocí como latinoamericana y me encantó. Nunca, en los veintitantos años que viví en Colombia me identifiqué como ciudadana de una región. En cambio aquí, como parte de un grupo, me asumí sin prejuicios y me reconocí en las mismas preocupaciones y los mismos miedos que cualquier otra mujer de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia o Chile. Sentíamos casi lo mismo y nos identificábamos en las calles como quien detecta a otro integrante de su familia a metros de distancia.
Luego entendí que para trabajar “de lo mío” debía demostrar más que cualquier autóctono con la misma formación o la misma experiencia que yo. Demostrar más, trabajar más, validar más. Curioso, pero así funcionaba. Tu título, por sí mismo, parecía provenir de una universidad sospechosa, de un rincón exótico difícil de clasificar. Así que me integré al engranaje sin protestar y poco a poco, me fui haciendo un hueco en este país ajeno, que poco a poco se fue haciendo mío.
Hoy, casi diez años después de mi primer aterrizaje en este país, me sigo identificando con los míos, con los “latinos en España”, pero admito que parte de mi identidad se ha moldeado con todo aquello que disfruto y admiro de esta sociedad. Soy parte de un todo complejo y difícil de detallar pero, al mismo tiempo, fascinante: la migración. Ese saberte tú, con tu propia cultura y limitaciones y ese saberte parte de una tierra que vuelves tuya prácticamente sin darte cuenta.

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